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Los cocineros rurales reivindican en Terrae una voz propia y más apoyo institucional para sostener el territorio

 

El movimiento surgido en torno al IV Encuentro Internacional de Cocinas Rurales reforzó en Gran Canaria su llamada a la unión, la defensa del pequeño productor y la simplificación de la burocracia

Terrae, el IV Encuentro Internacional de Cocinas Rurales celebrado en Gran Canaria volvió a servir como espacio de reflexión y reivindicación para los cocineros del medio rural, que defendieron la necesidad de mantener viva una red común, ampliar su capacidad de influencia y reclamar una mayor implicación de las administraciones en la protección del territorio, los oficios y la producción local.

La última sesión del evento reunió a más de 50 cocineros rurales en un diálogo común. El primero en tomar la palabra fue Luis Alberto Lera (Restaurante Lera*, Castroverde de Campos, Zamora), elegido ‘alcalde 'de los cocineros rurales hace dos años, quien puso en valor la consolidación, a lo largo de las cuatro ediciones del encuentro, de un auténtico “movimiento de cocina rural”. Lera agradeció el respaldo y la cercanía mostrada desde el Ministerio de Agricultura por José Miguel Herrero, director general de Alimentación, su atención al mundo de la gastronomía rural y la concesión al colectivo de los cocineros rurales del premio Extraordinario Alimentos de España 2025.

Por su parte, José Miguel Herrero, animó a los cocineros y cocineras a seguir trabajando en comunidad y a continuar impulsando la implicación de las administraciones. En esa misma línea, Lera recordó que en las tres ediciones anteriores ya se había elaborado un listado de reclamaciones y necesidades para la cocina rural, pero subrayó que el reto principal no es solo llegar a acuerdos concretos, sino evitar que se apague el impulso colectivo. “Lo importante es seguir adelante y que no se muera el movimiento, que este sentimiento de unidad no se pare y sigamos tejiendo esta red”, defendió.

También Juan Carlos García (Vandelvira*, Baeza, Jaén), en calidad de “concejal” de los cocineros rurales, insistió en que, pese a los avances del congreso tras cuatro años de recorrido, los problemas estructurales continúan siendo los mismos. Reconoció que las instituciones han escuchado parte de sus demandas, pero advirtió de que el sector no puede renunciar a su autonomía ni a su identidad. “La insumisión la tenemos que ejercer cada uno en nuestras casas haciendo lo que llevamos dentro. Que ninguna lista, ninguna guía, ningún periodista ni nadie nos diga cómo tenemos que ser”, afirmó.

Uno de los mensajes más repetidos durante la reunión fue el valor de la comunidad creada en torno a Terrae. Nacho Solana (Restaurante Solana*, La Bien Aparecida, Cantabria) defendió que, desde la cita de Zafra en 2019, el principal avance ha sido precisamente el hermanamiento entre cocineros de distintos territorios. “Tenemos una voz común y creo que esto es un movimiento que puede crecer”, señaló. Edorta Lamo (Arrea!*, Campezo, Vizcaya) abundó en esa idea al destacar que el sector ha logrado “lo más difícil”, que era aunarse, tejer vínculos y compartir una misma sensibilidad rural.

A su juicio, esa unión debe servir también para defender al pequeño productor y para trasladar al mundo urbano una visión más compleja y real del medio rural. En su intervención, Lamo puso sobre la mesa asuntos como la caza y su papel dentro del equilibrio ecológico y alimentario de determinados territorios. Reclamó una mejor comprensión social de esta realidad y defendió la creación de centros de carne de caza en cada comunidad para aprovechar un recurso que, en muchos casos, termina desechándose pese a su valor gastronómico y natural.

La reunión también incidió en la necesidad de ensanchar el movimiento más allá de la cocina. Solana propuso estrechar lazos con cocineros de Italia, Portugal y Andorra, y reclamó abrir este espacio a artesanos, productores, recolectores, panaderos y pasteleros. En su opinión, uno de los grandes problemas del medio rural es la desaparición de oficios sin relevo generacional, por lo que consideró imprescindible dar también visibilidad a quienes sostienen la cadena alimentaria desde el origen.

Entre las principales reclamaciones prácticas destacó la intervención de Borja Marrero (Muxgo*, Las Palmas de Gran Canaria), quien pidió simplificar la burocracia que hoy “limita y entorpece” a quienes crían animales, cultivan o elaboran quesos, y propuso unificar epígrafes y trámites para facilitar la actividad de los pequeños productores. A lo largo de la reunión, celebrada en el Hotel Maipez, fueron apareciendo problemáticas compartidas desde distintos territorios. Joan Capilla (L’ Algadir del Delta, Poble Nou del Delta, Amposta, Tarragona) planteó la creación de un Ministerio de Gastronomía, al considerar que los intereses de este sector poco tienen que ver con los de las grandes compañías alimentarias. Pedro Martino (Restaurante Pedro Martino, Caces, Asturias) pidió más apoyo para los productores invisibles y mayor visibilidad para los problemas del rural. Ramón Aso (Callizo*, Aínsa, Huesca), denunció la falta de servicios esenciales en muchas zonas despobladas, mientras Kiko Moya (L’Escaleta**, Cocentaina, Alicante) lamentó que los cocineros sean llamados a representar sus territorios sin que luego se atiendan sus necesidades reales.

Desde Castilla-La Mancha, Fran Martínez (Maralba**, Almansa, Albacete) resumió el valor simbólico y emocional del encuentro al asegurar que Terrae “da energía” y permite a los cocineros rurales escucharse mutuamente, al margen de estrellas o jerarquías.

La dimensión internacional de la cita reforzó la idea de que los problemas del rural trascienden fronteras. Vítor Adão (Plano, Lisboa, Portugal) explicó que en Portugal existen limitaciones similares en ámbitos como la pesca fluvial o la caza, y defendió la necesidad de contar con representantes propios, ya que las asociaciones hosteleras tradicionales no expresan las necesidades específicas de los cocineros rurales. También Giuseppe Iannotti (Krèsios**, Telese Terme, Campania, Italia) ) mostró su malestar por una regulación que, según denunció, obliga en ocasiones a prescindir de productos profundamente ligados al territorio. Frente a ello, reivindicó que la industria puede marcharse, pero quienes cocinan desde los pueblos, la montaña o el mar son parte inseparable de ese paisaje y de esa identidad.

La asamblea de Terrae dejó así una fotografía nítida: la cocina rural se reconoce a sí misma como comunidad, comparte un diagnóstico común sobre burocracia, falta de representación, invisibilidad del productor y carencia de servicios en los territorios, y quiere seguir ganando espacio público sin perder su perfil propio. Más que cerrar una lista de demandas, el encuentro volvió a confirmar que el gran objetivo, por ahora, es que el movimiento no se detenga.

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